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En realidad, es una nueva
versión del toro ensogado o de soga. Con el nombre de
Vaquilla del Angel se conoce la fiesta más importante que celebra la
ciudad de Teruel, cuando julio anda todavía por su primera quincena. Un
extraordinario grupo escultórico de José Gonzalvo simboliza la fiesta,
en el Óvalo, encaramado sobre la popular Escalinata con el bajorrelieve
de los Amantes.
No faltan antecedentes
históricos. Jaime Caruana recurre a la visita que hizo a Teruel el rey
Martín 1 el Humano, que se celebró con toros, música y vino, tres
ingredientes que siguen caracterizando, hoy, a la fiesta de la Vaquilla.
Aquel hecho pudo ser, evidentemente, un precedente histórico,
remontándonos, por tanto, al año 1397. Angel Novella añade, por su
parte,
que los caballeros de San
Jorge corrieron toros el 20 de abril de 1450, según cuentan los
cronistas de entonces. Lo cierto, pese a todo, es que la Vaquilla del
Angel, la merienda del domingo por la tarde y el toro ensogado por
calles y plazas son tradiciones todas ellas que «se pierden en la noche
del medievo». Se ignora, por tanto, cuándo se institucionalizó la
fiesta, cuándo quedó establecida oficialmente. Ya en el siglo XVII,
Yagüe de Salas comentaba en tono jocoso las grandes palizas que se
propinaba a los toros ensogados. Esta especie de barbarie y crueldad
llegó, a juzgar por las referencias históricas, hasta bien entrado el
siglo XX, pues al acercarse el anochecer la ciudad olía a «toro frito».
O asado mejor. Ello motivó la suspensión de la fiesta en varias
ocasiones, pero los turolenses hicieron caso omiso de tales medidas, lo
que provocó, algunos años, la actuación de la fuerza pública.
La ciudad del toro no
renunció jamás a sus tradicionales festejos de la Vaquilla.
Ramón Navarro afirma en su
libro 50 años fiel a... una afición (tradiciones taurinas y toreros
turolenses), que «la fiesta, tal como hoy la celebramos, bajo el
amparo del Santo Angel de la Guarda, arranca de finales del siglo XIV,
merced a una donación hecha por el venerable Francés de Aranda con el
fin de que la carne de los toros corridos fuera a remediar el hambre de
los pobres, repartiéndola preferentemente en los hospitales y entre los
presos de las cárceles». Y seguidamente añade: «Los toros eran
presentados el domingo por la tarde en el coso taurino para poder ser
vistos por todos los ciudadanos, sin pagar nada. Este derecho era
ejercido también por los presos y para ello amarraban los toros y los
paseaban por delante de la cárcel, ubicada entonces en la plaza de la
Catedral o Ayuntamiento. Este recorrido simbólico sigue haciéndose
actualmente. Y en la plaza del Mercado, hoy de El Torico o Carlos
Castel, se corrían y banderilleaban. Era costumbre pincharles con
navajas, punzones y objetos hirientes».
Antonio Sancho difiere en
algunos puntos con Ramón Navarro, sobre todo en el relativo al
asentamiento y consolidación de la fiesta de la Vaquilla. Este es su
planteamiento, reflejado en un trabajo publicado en
Heraldo de Aragón:
«Los primeros datos
transportan la fiesta del Angel Custodio a la época del Aragón de los
Trastámara, pero allí se habla ya de una fiesta
cuyos orígenes bien
podrían situarse en los inicios de la tradición del culto al toro.
Algunos atribuyen de una forma poco rigurosa el nacimiento de la fiesta
al venerable Francés de Aranda, que, al parecer, aprovechó la singular
costumbre de correr el toro para solicitar que la carne de estas reses
fuera a remediar el hambre de los pobres, repartiéndola
preferentemente en los hospitales y entre los presos de la cárcel. Los
primeros documentos en los que se habla de “la fiesta del Angel
Custodio”, ya como algo tradicional, datan de los albores del siglo XVII,
cuando en un escrito religioso se da cuenta de los honorarios de la
misa, lo que será ratificado en el libro de actas del Ayuntamiento, que
hace referencia a las fiestas de 1621».
Por las anotaciones del
notario Yagüe de Salas, contemporáneo de Cervantes, se deduce que la
fiesta vaquillera de 1600 era muy semejante a la de nuestros días, a
falta, naturalmente, de muchos detalles que no se consignan y resultan,
por eso mismo, difíciles de contrastar.
A finales del pasado
siglo, un trabajo de Jerónimo Lafuente hacía referencia a la lidia de
toros ensogados, y el autor aplaude al alcalde de la ciudad por prohibir
maltratar a las reses. Años más tarde, el doctor Calvo publicaba estas
cuartetas que revelan el mal trato dado a las reses que se corrían en la
fiesta de la Vaquilla del Angel:
Allá van los toros
hechos prisioneros,
a tratar con moros
y
traidores fieros.
Al bicho hostiliza el
hombre y lo asedia,
la simple paliza se
vuelve tragedia,
pues cuando dar juego no
puede, cansado, con palos de fuego
es achicharrado
Hasta el pelo arde del
animalito,
y al caer la tarde huele
a toro frito.
Acertados
versos del que acuñó la frase de «toro frito», demostrativos además de
la insostenible situación a la que se había llegado.
No es extraño que Juan de
la Cierva, como ministro de la Gobernación, dictara una real orden en
1908, cuyo primer artículo iba dirigido al gobernador civil de Teruel
conminándole a que prohibiera terminantemente correr la Vaquilla del
Angel, ensogada, por calles y plazas.
Años más tarde se restauró
la fiesta, pero siguió por idénticos derroteros. En los años veinte, la
población culpó al alcalde republicano por no saber impedir los excesos
que se cometían, opinión a la que se sumó el periódico El Pueblo,
que solicitó la abolición de la fiesta.
Como se temía, con el
advenimiento de la dictadura, el general Primo de Rivera dio la orden de
suspensión de la fiesta, en 1927, ya que ésta no seguía los cánones
tradicionales.
Aquel año fue uno de los
que tuvo que intervenir la fuerza pública, porque los turolenses se
resistían a acatar la orden recibida. Fueron cinco años sin Vaquilla del
Angel «por orden dictatorial», según se encargó de recordar el
periódico La República el año 1931, una vez que el ministro de
la Gobernación —a la sazón lo era Miguel Maura— diera el permiso
correspondiente para reanudar la fiesta, por lo que los ensogadores
volvieron a correr por las calles y el vecindario recuperó su
proverbial alegría vaquillera. Eso sí, el alcalde pidió moderación y
el público le hizo caso.
Se produjo otro obligado
paréntesis por la guerra civil de 1936. Finalizada la contienda y
restañadas sus heridas —lo que nunca es posible de una manera total, en
un enfrentamiento armado—, la fiesta resurgió con fuerza impulsada por
las peñas vaquilleras, creadas para tal fin. En la actualidad ya no se
maltrata a los animales. El espectáculo del toro ensogado atrae a las
gentes más diversas y constituye, de hecho, una motivación turística de
primera magnitud durante las fiestas principales de la capital. El
protagonismo de la fiesta ha pasado a las peñas, que son las que animan
con sus charangas las calles y plazas de la ciudad.
No se
descarta que al principio fuera vaquilla y no toro lo que se corriera,
de ahí la denominación de Vaquilla del Angel que se da a la
fiesta. En la actualidad son cuatro toros ensogados los que se
corren. De madrugada, antes de salir el sol, los sogueros se
encargan de conducirlos a los corrales de la Nevera.
«Importancia decisiva tiene en esta suerte del toro ensogado la
habilidad, destreza y resistencia de los sogueros —escribe Ramón
Navarro—, es decir, de los hombres encargados de conducir al animal con
la soga en medio del barullo de la calle y evitar que ocurran percances
graves. Centenares de personas enardecidas cubren el recorrido desde el
Tozal a la plaza del Torico, pasando por la plaza de la catedral y
Ayuntamiento. Los sogueros han dispuesto sus útiles de trabajo un mes
antes de la fiesta y procuran mantener serena la cabeza y echarle
arrojo. Calculan el diámetro del testuz y hacen un nudo con la soga a
fin de que les venga holgada y no les apriete, pues en ese caso el toro
se echaría. Para llevarlo sin peligro hasta la plazadel Torico utilizan
la “baga’ que es otra recia soga doblada por la mitad, formando
un ojo por el que entra la soga de la testuz, de modo que el toro queda
sujeto por estas tres cuerdas, una al frente y dos a los lados. Es en la
plaza del Torico, rodeada de porches, donde sueltan al toro, quitándole
la “baga” y manteniéndolo sujeto con la soga que dominan los sogueros,
entre los que cabe destacar aLafuente “El Barbo”, o los Orencios, Jesús
Murrio, padre e hijo, Mata, conscientes de la enorme responsabilidad
que tienen en las manos, pues las gentes se agolpan contra el toro y le
echan el trapo, y corren y caen. Muchas familias de Teruel han sido
señaladas por los cuernos del toro, pero esta sangre derramada en el
asfalto es ya un
tributo histórico en
nuestra ciudad. Y lo digo como víctima, pues mi padre, mi tío Manolo y
mi hermano Antonio han sufrido graves cornadas de las que han
convalecido en muchos días».
En los últimos tiempos,
tan sólo un año hubo variaciones en la fiesta de la Vaquilla, aunque
ello no tenga ahora otro valor que el anecdótico. A mediados de los
años sesenta, el gobernador civil —entonces lo era Nicolás de las
Peñas—, sustituyó la salida del toro enmaromado por un encierro en la
madrugada, con el aliciente de cerrar la plaza del Torico para soltar
en ella los toros que habían de lidiarse en la tarde del lunes. La
innovación no agradó a los turolenses. Para colmo, se registró un
incremento de siniestralidad.
No
obstante, casi todos los años hay que lamentar alguna que otra cogida.
En 1991 se registraron varias, aunque sólo una de ellas revistió
gravedad. Y en 1994 hubo que lamentar una víctima mortal.
Del Libro "La
Tauromaquia Aragonesa" de Alfonso Zapater
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