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El hecho tiene que ver
con la historia y la leyenda, y una y otra, fundidas, desembocan en
tradición. La versión del toro de sogas, tal como se entiende y realiza
en Pina de Ebro (Zaragoza), difiere bastante de la del clásico toro
ensogado.
La historia y leyenda,
pues ambas caminan confundidas, nació en el primer tercio del siglo XII,
durante la Reconquista. Sucedió la noche de San Juan, cuando los
cristianos iban a sacar la procesión con el santo titular y se vieron
imposibilitados de hacerlo por la presencia de los árabes. Y cuentan
que entonces salió un toro bravo, de extraordinario trapío y
desarrollada cornamenta, que arremetió contra los infieles, los cuales
huyeron de la población despavoridos.
Se celebró con salvas y
gran regocijo aquel suceso insólito, y los cofrades de San Juan
acordaron, tiempo después, llevar un toro en la procesión, abriendo
camino a la peana del santo, para rendirle tributo como su salvador.
La
tradición alcanzó su máximo esplendor en la época de Carlos III. Por eso
sale una sección de escopeteros ataviados con uniformes del siglo XVIII,
encargados de disparar las salvas, tal como hicieron sus antepasados
del
siglo
XII para festejar la huida de los infieles. Se institucionalizó la
fiesta.
Los vecinos cuelgan los
«pairos» de calle a calle, de balcón a balcón, de ventana a ventana.
Son muñecos rellenos de paja, luciendo ropajes estrafalarios, como
dominguillos en espera del toro, y cuando éste llega, los vecinos bajan
las cuerdas para incitar a la fiera, y cuando ésta embiste a los
«pairos», basta con volver a tirar de las cuerdas para que los muñecos
suban, balanceantes y ridículos, al tiempo que el toro se queda
olfateándolos en el aire y los escopeteros les disparan sin piedad,
hasta que los revientan y enseñan su cuerpo de paja. El toro sigue la
procesión por el itinerario acostumbrado, atado con sogas de las que se
encargan de tirar varios mozos, controlando y dominando las sucesivas
embestidas. Cada año buscan un ejemplar de mayor peso y trapío, pero
fuerte y ligero a la par, de lo contrario no podría aguantar el largo
recorrido por las calles de la villa.
El toro de sogas de Pina
de Ebro dejó de acompañar a San Juan durante varios años, debido a
absurdas prohibiciones. La Iglesia consideraba irreverente la
celebración de la fiesta. La tradición llevaba camino de desaparecer,
pero el Ayuntamiento de Pina evitó ese riesgo a tiempo y la recuperó con
el esplendor de antaño, y la víspera de San Juan, al atardecer, todo el
pueblo vibra de emoción en espera de que se inicie la procesión, con el
grupo de jota y los danzantes, y la cofradía de San Juan velando por
una celebración que es suya y quiere seguir manteniendo contra el viento
y marca de los siglos.
Esto es lo que Caro Baroja
dice de tan singular tradición:
«En Pina de Ebro, villa de
la provincia de Zaragoza, la fiesta de San Juan ofrecía, hasta finales
del siglo XIX por lo menos, unos caracteres parecidos a los que
ostentaba en las poblaciones de que antes se ha hecho referencia,
asociados a otros no menos curiosos» (la cita corresponde a Estudios
sobre la vida tradicional española, Ediciones Península, Barcelona,
1968).
Julio
Alvarez y Adé le dedicó un largo artículo en El Museo Universal,
de Madrid, ilustrado con un curioso dibujo. Había en Pina, al parecer
una cofradía que era la que organizaba la fiesta. A las tres de la
tarde del día anterior se celebraban vísperas, a las que asistía el
clero, el mayordono y los sargentos y abanderados de la cofradía,
«de riguroso uniforme, esto es, con casaca de la época de Carlos
III, calzón ajustado, zapato, sombrero apuntado, espadín y alabarda los
sargentos, que son cuatro, llevando en el centro al de la bandera».
Previamente daban una vuelta a la población, precedidos de gaita y
tamboril, y terminadas las vísperas iban a casa del mayordomo
(de donde había salido la comitiva), y donde se servía un chocolate. de
caja, que decía: «Se hace saber a todos los cofrades de San Juan, que
acudan a las cuatro de la mañana a tomar el refresco a casa del
mayordomo conservador». A las diez comenzaban las albadas y luego
seguían las rondallas.
Llegada el alba se
celebraba la primera misa, y al terminar se oían disparos, que cada vez
iban aumentando más, debidos a los cofrades. Y aquí empezaba lo curioso,
que transcribo dejándolo en presente, como lo puso Julio Alvarez: «Los
mozos acuden en busca del toro de sogas, que con un collarín de cintas y
campanillas, y bien amarrado, es traído a la plaza donde permanece hasta
después del refresco. Los cofrades, cuyo número ascenderá a más de
trescientos, van reuniéndose en la calle y frente al mayordomo
conservador; entre tanto, una cuadrilla de danzantes, con sus
obligados mayoral y rabadán, acompañados de los sargentos, gaita y
tamboril, dala vuelta al pueblo. Reunida la gente y alineada, publícase
que se va a repartir el refresco, y se ruega que no se incluyan en las
filas los que no sean cofrades: en seguida los encargados de la
distribución, acompañados de los sargentos, cumplen su misión tal como
está estipulado».
Julio Caro Baroja
recuerda que la tradición del toro de sogas, en Pina de Ebro, «tiene su
origen en conmemoración de haber expulsado a los moros del barrio de la
Parroquia, mediante cierta estratagema en que los cristianos usaron de
un toro para atraer la atención de aquéllos». Aunque afirma que la
leyenda parece más antigua que la fiesta en sí.
mismo
en el trabajo publicado por Julio Alvarez, «Costumbres populares. Fiesta
de San Juan en la villa de Pina de Ebro» (El Museo Universal,
año VII, número 37, 13 de septiembre de 1863), explica que, concluido el
tradicional refresco, a cada cofrade que acude con escopeta le dan
tres onzas de pólvora para hacer salvas, y se organiza el «alarde», que
consiste en la traída del toro por una cuadrilla de mozos para formar la
vanguardia de la procesión. El astado, como bien se ve, es requisito
imprescindible para la fiesta. Va atado con dos sogas, una que sujetan
los mozos que van delante y otras los de atrás, a fin de que el animal
no pueda causar incomodidad alguna. «Siguen los cofrades, en número
bastante considerable, armados de escopetas los menos, y sin armas los
más; sargentos de uniforme y alabarda, danzantes, gaita y tamboril;
sigue la bandera de la cofradía, y cierran, como si presidieran, los
mayordomos».
Del Ruste hace la
siguiente descripción:
«El alarde recorre las
principales calles del barrio llamado de la Parroquia, sale por la plaza
denominada del Manany, tomando el camino de las Cruces. Sigue dando la
vuelta por la huerta, a un cuarto de hora del pueblo, para entrar por
la parte del hospital o ermita de San Blas y calle de la Manga o la
Mayor; en el trayecto que media desde esta entrada del pueblo hasta la
plaza, encuéntranse suspendidos en diferentes puntos, de ventana a
ventana, varios peleles o muñecos formados de ropas viejas y repletos
de paja, que en Pina se llaman “pairos”, los cuales, así sostenidos y
bajados a colocar-se casi al nivel del suelo, sirven de motivo de
enfurecimiento al toro que viene delante, el cual descarga sobre ellos
sendas cornadas, poniendo las más de las veces al descubierto la
materia fofa de la que se hallan henchidos, lo cual excita sobremanera
las risas de la gente de buen humor. Nuevamente elevados, son el objeto
de puntería para los escopeteros que, sin piedad, se ceban sobre ellos
disparando a quemarropa sus armas de fuego, a cuyas descargas
repetidas suelen encenderse y venirse al suelo formando una pequeña
hoguera. Llegado “el alarde” a la plaza, la misión del toro ha
terminado, siendo retirado a su corral y devuelto a la vacada. Según la
tradición, la fiesta se estableció en memoria de la expulsión de los
moros que habitaban en Pina, en el barrio llamado después de la
Parroquia, en el que vivían, al parecer, se parados de los cristianos
Refiérese que para arrojar de Pina a los infieles que habitaban en su
recinto, idearon los cristianos la lidia de un toro, diversión a la que,
según dicen, eran muy aficionados aquéllos, y que habiendo salido con
tal motivo de sus guaridas a gozar de la fiesta, los cercaron y
acorralaron obligándolos a huir de la población, sin volverles a
permitir la entrada. Desde entonces se refugiaron en Alcalá, pequeño
pueblo que existió entre Gelsa y Pina y cuyos vestigios, aunque muy
borrados por el paso del tiempo, aún se conservaban hasta hace poco».
Tampoco falta la alusión a
las coplas que las gentes foráneas dedicaban a los de Pina:
Matutes de Pina, matutes
serán, que llevan al toro delante San Juan.
Recuperada esta singular
tradición en la década de 1980-90, vuelve a celebrarse con la
solemnidad del pasado. Cada año son más los visitantes que recibe Pina
de Ebro para presenciar el insólito espectáculo de la víspera de San
Juan.
Del libro
"La tauromaquia aragonesa" de Alfonso Zapater.
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